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Posts Tagged ‘Quilapayun’

A la hora de hablar de obras monumentales de la música chilena, salen títulos como “Alturas de Macchu Pichu” de Los Jaivas, o “La Población” de Victor jara, pero sin duda una de las obras maestras de la época que ya pasó, y que nos dejó hermosos trabajos, fue este, que Quilapayún musicalizó en 1970, La Cantata Santa María de Iquique, compuesta por Luis Advis.

(Ante la imposibilidad de hacer los enlaces directos con la página indicada, se ruega al visitante que seleccione y pegue en el navegador la dirección de enlace si desea escuchar la obra musical)

Parte 1/4

http://www.nodo50.org/Quilapayun-Cantata-de-Santa-Maria,2479.html

Parte 2/4

http://www.nodo50.org/Quilapayun-Cantata-de-Santa-Maria.html

Parte 3/4

http://www.nodo50.org/Quilapayun-Cantata-de-Santa-Maria,2481.html

Parte 4/4

http://contra.info/Quilapayun-Cantata-de-Santa-Maria,2482.html

Viernes 20 de diciembre de 1907

El día 20 de diciembre de 1907 (siendo presidente Pedro Montt), el Intendente de Iquique Carlos Eastman, apoyándose en un supuesto descontrol y posible peligro para el orden público de la zona bajo su gobierno, decreta el “Estado de Sitio”. Muchos expertos coinciden en señalar que la decisión del Intendente chocaba con las leyes constitucionales imperantes en aquella época. Por lo que, ese decreto habría sido inconstitucional.
Aquel viernes temprano, 7 obreros con sus familias (que abandonaban las dependencias de la oficina salitrera de Buenaventura), son acribillados en la línea férrea, por los soldados llegados para imponer el orden. Otros muchos más caen heridos.
Las fuerzas militares inician así una escalada de crímenes que culminaría con la peor masacre registrada hasta esos días. Dirigida esta matanza por el Estado, en defensa de intereses extranjeros, contra obreros y en suelo chileno.

Sábado 21 de diciembre de 1907

Ahora bien, a raíz de lo extendido de la huelga se había formado un “Comité Obrero de Negociación”. La mañana del día 21, la Intendencia hace llegar una cita por escrito al comité en cuestión. Esta cita es rechazada ampliamente en una asamblea obrera. Es entonces que se le solicita a Abdon Díaz, dirigente de la Mancomunal de Obreros (la mayor asociación obrera de ese entonces), que trate de persuadir al Comité de asistir a la reunión con la Intendencia.
La misma mañana del día 21, el Ministro del Interior Rafael Sotomayor hace llegar con suma urgencia un telegrama al Jefe de Plaza de Tarapacá, General Roberto Silva Renard. En el telegrama se ordena detener a “todos los cabecillas” de la huelga, llevándolos a barcos de guerra dispuestos para el caso; “hay que dispersar a la peonada”, enviándola a sus lugares de trabajo (las oficinas salitreras correspondientes), realizando esta última acción bajo custodia de soldados.
Pasado mediodía, el Intendente emite otro decreto que se basa en aquel que dictara el día 20. Claro que ahora cuenta con un amplio consentimiento del gobierno, expresado en el telegrama del Ministro del Interior. En este nuevo decreto se ordena el desalojo de la escuela Santa Maria de Iquique, y los lugares adyacentes. Así mismo, se ordena llevar a los detenidos a las casuchas del Club Hípico iquiqueño. Ubicadas en la periferia de la ciudad.
El 21 de diciembre de 1907 se efectúan también los funerales de los obreros muertos el día anterior. Inmediatamente, luego de concluir las ceremonias, se les ordena a los trabajadores que abandonen las dependencias de la escuela y sus alrededores, para posteriormente trasladarse a las casuchas del Club Hípico. Estos se niegan a ir, no sin razón (cosa de recordar la masacre del día anterior), pues temen ser cañoneados por los barcos que apuntan al camino que ellos deberían recorrer hacia el Club Hípico.
Ya en la tarde, el General Silva Renard, junto al Coronel Ledesma, pasa revista a las tropas en la Plaza Prat. Las fuerzas militares (efectivos del Regimiento O’higgins y del crucero Esmeralda) avanzan hasta la Plaza Manuel Montt, procediendo a rodear la escuela. Aseguran los lugares circundantes “para evitar la dispersión de los huelguistas”.
Al frente de la escuela permanece formado un número indeterminado de veteranos iquiqueños de la “Guerra del Pacífico”. Los rostros morenos y orgullosos de quienes fueran llamados “héroes” tiempo atrás, no pueden contener un rictus de temor al ver avanzar en su contra aquellos viejos estandartes que sirvieran con tanto ahínco. Ahora son ellos a quienes apuntan las armas chilenas. Ellos son ahora el “enemigo de Chile”.
Sabedores del peligro que acecha, los cónsules peruano y boliviano conminan a sus compatriotas a retirarse del establecimiento; bajo la protección consular respectiva. Los obreros peruanos y bolivianos, que resisten junto a sus hermanos chilenos, y que en innumerables ocasiones sufrieran el abuso del patrón sin patria ni bandera, se rehúsan a dejar la escuela. Ocurre así que antiguos soldados chilenos, veteranos de la cruenta “Guerra del Pacífico”, permanecen de pie frente a la Santa Maria, defendiendo a esos que la clase gobernante (de fines de 1870) definiera como enemigos.
A las 15:45 horas aproximadamente, y dando muestras de un honor militar a toda prueba, el General Silva Renard ordena una descarga de fusiles sobre la azotea de la escuela. Esta acción le es ordenada a soldados del O’higgins. Un piquete de marinería, situado en Calle Latorre, casi frente a la puerta de la escuela, descarga también sus armas. Caen en ese momento los primeros huelguistas; los denominados “rebeldes” por Silva Renard.
La acción es respondida por los obreros. Los tiros de revólveres (y aún de fusiles), son impotentes ante el poderío bélico de las fuerzas militares chilenas. En medio de la refriega, y según relato del cónsul británico, dos soldados del Esmeralda corren hacía la escuela. Su intención es unirse con los hermanos de clase. Sin embargo, la oficialidad ordena matarlos.
La deserción de los soldados marca un mal precedente que en nada ayuda a la clase social de la que la oficialidad es representante. Es así que la muerte de los “insubordinados” no sirve para contener a un número indeterminado de soldados que rehúsan matar niños y mujeres.
Viendo que sus órdenes no son cumplidas, los oficiales ordenan detener a los nuevos “insubordinados”. La madrugada del día 22, cuando el rojo del amanecer despertaba triste por la muerte de los hijos del norte, los “insubordinados” son fusilados.
Tempranamente las balas desde dentro de la escuela dejan de ser disparadas. Por el contrario, desde fuera, los proyectiles de los fusiles son reemplazados por balas de ametralladoras “Hotchkiss”, traídas desde el Esmeralda. Se cuenta que las balas de esas armas tenían la “virtud” de atravesar entre 6 y 10 cuerpos. La prueba empírica es dada por los registros del Hospital de Iquique: 250 heridos son ingresados en estado de gravedad. La causa es, en todos los casos, “múltiple penetración de balas”. El noventa por ciento de esos heridos no sobrevive.
Al caer la tarde, cerca del anochecer, la escuela Santa Maria de Iquique se sume en el silencio. Santa Maria calla mientras es bañada por la sangre de obreros (chilenos, peruanos y bolivianos); mujeres (trabajadoras y parejas de obreros), y niños (trabajadores e hijos de mineros del salitre)

Domingo 22 de diciembre de 1907

Los sobrevivientes de la matanza son llevados a sablazos hasta el local del Club Hípico, y desde allí a la pampa, en donde se les impone un régimen de terror, que se condice con la necesidad del grupo social dominante, por dejar en claro las consecuencias de cuestionar la estructura existente. Ni pensar en rebelarse.

Algunos relatos cuentan que el dirigente de la Mancomunal José Briggs sobrevive a la matanza. Se cuenta también que Luís Olea (otro dirigente) habría huido al Perú. Muchas son las historias que corren de ese día. Lo cierto es el heroísmo y el valor mostrado por obreros analfabetos, enfrentados a una de las fuerzas militares más poderosas de Sudamérica. Lo cierto es que la plusvalía del capitalismo británico ha sido defendida, nuevamente, con el derrame de sangre chilena, peruana y boliviana.

Las cifras de muertos se estiman así:

– Según el criminal general Silva Renard: 174 asesinados.

– Según Nicolás Palacios, testigo de la matanza: 195 muertos.

– Según Rafael Sotomayor (el genocida Ministro del Interior de la presidencia de Pedro Montt): 300 asesinados.

– Según el senador Sánchez Masenlli: 600 asesinados (“como mínimo”, estipula en su informe)

A los informes antes descritos hay que agregar las 80 victimas de la carpa obrera de la Plaza Manuel Montt. Lugar, este último, en donde la soldada llegara primero.
La tradición obrera refiere la cifra de 3600 asesinados. Por tanto, las muertes son estimadas entre 174 y 3600. Una cifra aceptada históricamente ronda los dos mil asesinados. Un estimado de muertos considerado como fiable. También se da por aceptado que cualquier nueva cifra que pudiese surgir en el futuro no haría más que aumentar en número. Nunca disminuir. De las víctimas fatales, cerca del 60 % fueron peruanos y bolivianos.

A Modo de Conclusión

Así concluye el relato. Concluye con una muestra en terreno de la razón de la lucha de los obreros: el enemigo de clase se muestra en toda su crueldad y cobardía, puesto que no se ensucia las manos con los “rotos”, sino que recurre a la parte militarmente alienada de la clase sometida. Hermanos matando hermanos; pobres disparando sobre pobres.
La plusvalía es defendida una vez más, y el cuestionamiento a la estructura de dominio es sofocado a sangre y fuego. En grandes y elegantes salones, el cónsul británico felicita la excelente labor llevada a cabo por los militares. Enaltece “la decidida mano dura” mostrada por el gobierno (en las personas del Ministro del Interior y el Intendente) que actuaron en contra de esa chusma de clase baja.

¿Cuántos murieron realmente ese día?

Solo la soledad del desierto lo sabe. Pues, como siempre, el Estado ocultó lo mejor que pudo su labor represiva. Pero aún hoy la sangre de los muertos, aunque ya hace mucho sus nombres olvidados, reaparece para acompañar a sus hermanos de clase en la lucha. En esa lucha que es hasta el final: hasta vencer o morir.

Fuente: La estrella bolchevique

PREGÓN

Señoras y Señores
venimos a contar
aquello que la historia
no quiere recordar.
Pasó en el Norte Grande,
fue Iquique la ciudad.
Mil novecientos siete
marcó fatalidad.
Allí al pampino pobre
mataron por matar.

Seremos los hablantes
diremos la verdad.
Verdad que es muerte amarga
de obreros del Salar.
Recuerden nuestra historia
de duelo sin perdón.
Por más que el tiempo pase
no hay nunca que olvidar.
Ahora les pedimos
que pongan atención.

PRELUDIO INSTRUMENTAL
RELATO I

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio,
el suelo sin milagro y Oficinas vacías,
como el último desierto.

Y si observan la pampa y la imaginan
en tiempos de la Industria del Salitre
verán a la mujer y al fogón mustio,
al obrero sin cara, al niño triste.

También verán la choza mortecina,
la vela que alumbraba su carencia,
algunas calaminas por paredes
y por lecho, los sacos y la tierra.

También verán castigos humillantes,
un cepo en que fijaban al obrero
por días y por días contra el sol;
no importa si al final se iba muriendo.

La culpa del obrero, muchas veces,
era el dolor altivo que mostraba.
Rebelión impotente, ¡una insolencia!
La ley del patrón rico es ley sagrada.

También verán el pago que les daban.
Dinero no veían, sólo fichas;
una por cada día trabajado,
y aquélla era cambiada por comida.

¡Cuidado con comprar en otras partes!
De ninguna manera se podía
aunque las cosas fuesen más baratas.
Lo había prohibido la Oficina.

El poder comprador de aquella ficha
había ido bajando con el tiempo
pero el mismo jornal seguían pagando.
Ni por nada del mundo un aumento.

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio.
Y si observan la pampa cómo fuera
sentirán, destrozados, los lamentos.

Obreros del Salitre

CANCIÓN I

El sol en desierto grande
y la sal que nos quemaba.
El frío en las soledades,
camanchaca y noche larga.
El hambre de piedra seca
y quejidos que escuchaba.
La vida de muerte lenta
y la lágrima soltada.

Las casas desposeídas
y el obrero que esperaba
al sueño que era el olvido
sólo espina postergada.
El viento en la pampa inmensa
nunca más se terminara.
Dureza de sequedades
para siempre se quedara.

Salitre, lluvia bendita,
se volvía la malvada.
La pampa, pan de los días,
cementerio y tierra amarga.
Seguía pasando el tiempo
y seguía historia mala,
dureza de sequedades
para siempre se quedara.

INTERLUDIO INSTRUMENTAL I
RELATO II

Se había acumulado mucho daño,
mucha pobreza, muchas injusticias;
ya no podían más y las palabras
tuvieron que pedir lo que debían.

A fines de mil novecientos siete
se gestaba la huelga en San Lorenzo
y al mismo tiempo todos escuchaban
un grito que volaba en el desierto.

De una a otra Oficina, como ráfagas,
se oían las protestas del obrero.
De una a otra Oficina, los Señores,
el rostro indiferente o el desprecio.

Qué les puede importar la rebeldía
de los desposeídos, de los parias.
Ya pronto volverán arrepentidos,
el hambre los traerá, cabeza gacha.

¿Qué hacer entonces, qué, si nadie escucha?
Hermano con hermano preguntaban.
Es justo lo pedido y es tan poco
¿tendremos que perder las esperanzas?

Así, con el amor y el sufrimiento
se fueron aunando voluntades,
en un solo lugar comprenderían,
había que bajar al puerto grande.

CANCIÓN II

Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será distinto,
no hay que dudar.
No hay que dudar,
confía, ya vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.

Toma mujer mi manta,
te abrigará.
Ponte al niñito en brazos,
no llorará.
No llorará, confía,
va a sonreír.
Le cantarás un canto,
se va a dormir.

¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.

Largo camino tienes
que recorrer
atravesando cerros,
vamos mujer.
Vamos mujer, confía,
que hay que llegar
en la ciudad
podremos ver todo el mar.

Dicen que Iquique es grande
como un Salar,
que hay muchas casas lindas,
te gustarán.
Te gustarán, confía,
como que hay Dios,
allá en el puerto todo
va a ser mejor.

¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.

Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será distinto,
no hay que dudar.
No hay que dudar, confía,
ya, vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.

INTERLUDIO INSTRUMENTAL II
RELATO III

Del quince al veintiuno,
mes de diciembre,
se hizo el largo viaje
por las pendientes.
Veintiséis mil bajaron
o tal vez más
con silencios gastados
en el Salar.
Iban bajando ansiosos,
iban llegando
los miles de la pampa,
los postergados.
No mendigaban nada,
sólo querían
respuesta a lo pedido,
respuesta limpia.

Algunos en Iquique
los comprendieron
y se unieron a ellos,
eran los Gremios.
Y solidarizaron
los carpinteros,
los de la Maestranza,
los carreteros,
los pintores y sastres,
los jornaleros,
lancheros y albañiles,
los panaderos,
gasfiteres y abastos,
los cargadores.
Gremios de apoyo justo,
de gente pobre.

Los Señores de Iquique
tenían miedo;
era mucho pedir
ver tanto obrero.
El pampino no era
hombre cabal,
podía ser ladrón
o asesinar.
Mientras tanto las casas
eran cerradas,
miraban solamente
tras las ventanas.
El Comercio cerró
también sus puertas,
había que cuidarse
de tanta bestia.
Mejor que los juntaran
en algún sitio,
si andaban por las calles
era un peligro.

INTERLUDIO CANTADO

Se han unido con nosotros
compañeros de esperanza
y los otros, los más ricos,
no nos quieren dar la cara.

Hasta Iquique nos hemos venido
pero Iquique nos ve como extraños.
Nos comprenden algunos amigos
y los otros nos quitan la mano.

Movilizaciones y Protestas

RELATO IV

El sitio al que los llevaban
era una escuela vacía
y la escuela se llamaba
Santa María.

Dejaron a los obreros,
los dejaron con sonrisas.
Que esperaran les dijeron
sólo unos días.

Los hombres se confiaron,
no les faltaba paciencia
ya que habían esperado
la vida entera.

Siete días esperaron,
pero qué infierno se vuelven
cuando el pan se está jugando
con la muerte.

Obrero siempre es peligro.
Precaverse es necesario.
Así el Estado de Sitio
fue declarado.

El aire trajo un anuncio,
se oía tambor ausente.
Era el día veintiuno
de diciembre.

CANCIÓN III

Soy obrero pampino y soy
tan reviejo como el que más
y comienza a cantar mi voz
con temores de algo fatal.

Lo que siento en esta ocasión,
lo tendré que comunicar,
algo triste va a suceder,
algo horrible nos pasará.

El desierto me ha sido infiel,
sólo tierra cascada y sal,
piedra amarga de mi dolor,
roca triste de sequedad.

Ya no siento más que mudez
y agonías de soledad
sólo ruinas de ingratitud
y recuerdos que hacen llorar.

Que en la vida no hay que temer
lo he aprendido ya con la edad,
pero adentro siento un clamor
y que ahora me hace temblar.

Es la muerte que surgirá
galopando en la oscuridad.
Por el mar aparecerá,
ya soy viejo y sé que vendrá.

INTERLUDIO INSTRUMENTAL III
RELATO V

Nadie diga palabra
que llegará
un noble militar,
un General.
Él sabrá cómo hablarles,
con el cuidado
que trata el caballero
a sus lacayos.
El General ya llega
con mucho boato
y muy bien precavido
con sus soldados.
Las ametralladoras
están dispuestas
y estratégicamente
rodean la escuela.

Desde un balcón les habla
con dignidad.
Esto es lo que les dice
el General
«Que no sirve de nada
tanta comedia.
Que dejen de inventar
tanta miseria.
Que no entienden deberes
son ignorantes.
Que perturban el orden,
que son maleantes.
Que están contra el país,
que son traidores.
Que roban a la patria,
que son ladrones.
Que han violado a mujeres,
que son indignos.
Que han matado a soldados,
son asesinos.
Que es mejor que se vayan
sin protestar
Que aunque pidan y pidan
nada obtendrán.
Vayan saliendo entonces
de ese lugar,
que si no acatan órdenes
lo sentirán».

Desde la escuela, «El Rucio»,
obrero ardiente,
responde sin vacilar
con voz valiente,
«Usted, señor General
no nos entiende.
Seguiremos esperando,
así nos cueste.
Ya no somos animales,
ya no rebaños,
levantaremos la mano,
el puño en alto.
Vamos a dar nuevas fuerzas
con nuestro ejemplo
Y el futuro lo sabrá,
se lo prometo.
Y si quiere amenazar
aquí estoy yo.
Dispárele a este obrero
al corazón».

El General que lo escucha
no ha vacilado,
con rabia y gesto altanero
le ha disparado,
y el primer disparo es orden
para matanza
y así comienza el infierno
con las descargas.

CANCIÓN LETANÍA

Murieron tres mil seiscientos
uno tras otro.
Tres mil seiscientos
mataron uno tras otro.

La escuela Santa María
vio sangre obrera.
La sangre que conocía
sólo miseria.

Serían tres mil seiscientos
ensordecidos.
Y fueron tres mil seiscientos
enmudecidos.

La escuela Santa María
fue el exterminio
de vida que se moría,
sólo alarido.

Tres mil seiscientas miradas
que se apagaron.
Tres mil seiscientos obreros
asesinados.

Un niño juega en la escuela
Santa María.
Si juega a buscar tesoros
¿qué encontraría?

CANCIÓN IV

A los hombres de la pampa
que quisieron protestar
los mataron como perros
porque había que matar.

No hay que ser pobre, amigo,
es peligroso.
No hay ni que hablar, amigo,
es peligroso.

Las mujeres de la Pampa
se pusieron a llorar
y también las matarían
porque había que matar.

No hay que ser pobre, amiga,
es peligroso.
No hay que llorar, amiga,
es peligroso.

Y a los niños de la Pampa
que miraban, nada más,
también a ellos los mataron
porque había que matar.

No hay que ser pobre, hijito,
es peligroso.
No hay que nacer, hijito,
es peligroso.

¿Dónde están los asesinos
que mataron por matar?
Lo juramos por la tierra,
los tendremos que encontrar.
Lo juramos por la vida,
lo tendremos que encontrar.
Lo juramos por la muerte,
los tendremos que encontrar.

Lo juramos compañeros,
ese día llegará.

CANCIÓN PREGÓN

Señoras y señores,
aquí termina
las historia de la escuela
Santa María.
Y ahora con respeto
les pediría
que escuchen la canción
de despedida.

CANCIÓN FINAL

Ustedes que ya escucharon
la historia que se contó
no sigan allí sentados
pensando que ya pasó.
No basta sólo el recuerdo,
el canto no bastará.
No basta sólo el lamento,
miremos la realidad.

Quizás mañana o pasado
o bien, en un tiempo más,
la historia que han escuchado
de nuevo sucederá.
Es Chile un país tan largo,
mil cosas pueden pasar
si es que no nos preparamos
resueltos para luchar.
Tenemos razones puras,
tenemos por qué pelear.
Tenemos las manos duras,
tenemos con qué ganar.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá.
Si quieren esclavizarnos,
jamás lo podrán lograr.
La tierra será de todos
también será nuestro el mar.
Justicia habrá para todos
y habrá también libertad.
Luchemos por los derechos
que todos deben tener.
Luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

Quilapayún, Luis Advis y Héctor Devauchelle

Cantata Santa María De Iquique

QUILAPAYÚN

Santiago – Chile, ed. 1975

(edición revisada por Julio Cortázar, 1978)
PREGÓN

Señoras y Señores
venimos a contar
aquello que la historia
no quiere recordar.
Pasó en el Norte Grande,
fue Iquique la ciudad.
Mil novecientos siete
marcó fatalidad.
Allí al pampino pobre
mataron por matar.

Seremos los hablantes
diremos la verdad.
Verdad que es muerte amarga
de obreros del Salar.
Recuerden nuestra historia
de duelo sin perdón.
Por más que el tiempo pase
no hay nunca que olvidar.
Ahora les pedimos
que escuchen nuestra voz.

PRELUDIO INSTRUMENTAL
RELATO I

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio,
el páramo de un suelo despoblado
vacías, como el último desierto.

Y si observan la pampa y la imaginan
en tiempos de la Industria del Salitre
verán a la mujer y al fogón mustio,
al obrero sin cara, al niño triste.

También verán la choza mortecina,
la vela que alumbraba su miseria,
algunas calaminas por paredes
y por lecho, los sacos y la tierra.

También verán castigos humillantes,
un cepo en que amarraban al obrero
cara al sol, a la sed y a la vergüenza,
no importa si al final se iba muriendo.

La culpa del obrero, muchas veces,
era el dolor altivo que mostraba.
Rebelión impotente, ¡una insolencia!
pues la ley del patrón es ley sagrada.

También verán el pago que les daban.
Dinero no veían, sólo Fichas;
una por cada día trabajado,
para que las cambiaran por comida.

¡Cuidado con comprar en otras partes!
De ninguna manera se podía
aunque las cosas fuesen más baratas.
Lo había prohibido la Oficina.

El poder comprador de aquella Ficha
había ido bajando con el tiempo
pero el mismo jornal seguían pagando.
Ni por nada del mundo un aumento.

Si contemplan la pampa y sus rincones
verán las sequedades del silencio.
Pero detrás de tantas soledades
oirán un horizonte de lamentos.

CANCIÓN I

El sol en desierto grande
y la sal que nos quemaba.
El frío de las soledades,
camanchaca y noche larga.
El hambre de piedra seca
los quejidos de la pampa.
La vida de muerte lenta
y la lágrima quemada.

Las casas desposeídas
y el obrero que esperaba
al sueño que era el olvido,
al sueño de noche larga.
El viento en la pampa inmensa
nunca más se terminara.
Dureza de sequedades
para siempre se quedara.

Salitre, lluvia bendita,
se volvía la malvada.
La pampa, pan de los días
cementerio y tierra amarga.
Seguía pasando el tiempo
y seguía historia mala,
dureza de sequedades
para siempre se quedara.

INTERLUDIO INSTRUMENTAL I
RELATO II

Se había acumulado mucho daño,
mucha pobreza, muchas injusticias;
ya no podían más y las palabras
tuvieron que pedir lo que debían.

Mil novecientos siete terminaba
cuando se habla de huelga en San Lorenzo
cuando de pronto todos escuchaban
un grito que volaba en el desierto.

De una a otra Oficina, como ráfagas,
se oían las protestas del obrero.
De una a otra Oficina, los Señores,
el rostro indiferente o el desprecio.

Qué les puede importar la rebeldía
de los desposeídos, de los parias.
Ya pronto volverán arrepentidos;
el hambre los traerá, cabeza gacha.

¿Qué hacer entonces, qué, si nadie escucha?
hermano con hermano preguntaban.
Es justo lo pedido y es tan poco
¿tendremos que perder las esperanzas?

Así, con el amor y el sufrimiento
se fueron aunando voluntades,
en un solo lugar comprenderían;
había que bajar al puerto grande.

CANCIÓN II

Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será distinto,
no hay que dudar.
No hay que dudar,
confía, ya vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.

Toma mujer mi manta,
te abrigará.
Ponte al niñito en brazos,
no llorará.
No llorará, confía,
va a sonreír.
Le cantarás un canto,
se va a dormir.

¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.

Largo camino tienes
que recorrer
atravesando cerros,
vamos mujer.
Vamos mujer, confía,
que hay que llegar
en la ciudad
podremos ver todo el mar.

Dicen que Iquique es grande
como un Salar,
que hay muchas casas lindas,
te gustarán.
Te gustarán, confía,
como que hay Dios,
allá en el puerto todo
va a ser mejor.

¿Qué es lo que pasa?,
dime, no calles más.

Vamos mujer,
partamos a la ciudad.
Todo será distinto,
no hay que dudar.
No hay que dudar, confía,
ya, vas a ver,
porque en Iquique
todos van a entender.

INTERLUDIO INSTRUMENTAL II
RELATO III

Del quince al veintiuno,
mes de diciembre,
se hizo el largo viaje
por las pendientes.
Veintiséis mil bajaron
o tal vez más
con silencios gastados
en el Salar.
Iban bajando ansiosos,
iban llegando
los miles de la pampa,
los postergados.
No mendigaban nada,
sólo querían
respuesta a lo pedido,
respuesta limpia.

Algunos en Iquique
los comprendieron
y se unieron a ellos,
eran los Gremios.
Y solidarizaron
los carpinteros,
los de la Maestranza,
los carreteros,
los pintores y sastres,
los jornaleros,
lancheros y albañiles,
los panaderos,
gasfiteres y abastos,
los cargadores.
Gremios de apoyo justo,
de gente pobre.

Los Señores de Iquique
tenían miedo;
era mucho pedir
ver tanto obrero.
El pampino no era
hombre cabal,
podía ser ladrón
o asesinar.
Mientras tanto las casas
eran cerradas,
miraban solamente
tras las ventanas.
El Comercio cerró
también sus puertas,
había que cuidarse
de tanta bestia.
Mejor que los juntaran
en algún sitio,
si andaban por las calles
era un peligro.

INTERLUDIO CANTADO

Se han unido con nosotros
compañeros de esperanza
y los otros, los más ricos,
no nos quieren dar la cara.

Hasta Iquique nos hemos venido
pero Iquique nos ve como extraños.
Nos comprenden algunos amigos
y los otros nos quitan la mano.

RELATO IV

El sitio al que los llevaban
era una escuela vacía
y la escuela se llamaba
Santa María.

Dejaron a los obreros,
los dejaron con sonrisas.
Que esperaran les dijeron
sólo unos días.

Los hombres se confiaron,
no les faltaba paciencia
ya que habían esperado
la vida entera.

Siete días esperaron,
pero que el infierno se vuelven
cuando el pan se está jugando
con la muerte.

Obrero siempre es peligro.
Precaverse es necesario.
Así el estado de Sitio
fue declarado.

El aire trajo un anuncio,
como tambores de muerte.
Era el día veintiuno
de diciembre.

CANCIÓN III

Soy obrero pampino y soy
tan reviejo como el que más
y comienza a cantar mi voz
con temores de algo fatal.

Lo que siento en esta ocasión,
lo tendré que comunicar,
algo triste va a suceder,
algo horrible nos pasará.

El desierto me ha sido infiel,
sólo tierra cascada y sal,
piedra amarga de mi dolor,
roca triste de sequedad.

Ya no siento más que mudez
y agonías de soledad
sólo ruinas de ingratitud
y recuerdos que hacen llorar.

Que en la vida no hay que temer
lo he aprendido ya con la edad,
pero adentro siento un clamor
y que ahora me hace temblar.

Es la muerte que surgirá
galopando en la oscuridad.
Por el mar aparecerá,
ya soy viejo y sé que vendrá.

INTERLUDIO INSTRUMENTAL III
RELATO V

Nadie diga palabra
que llegará
un militar ilustre,
un General.
Él sabrá cómo hablarles,
con el cuidado
que trata el caballero
a sus lacayos.
El General ya llega
con mucho boato
y muy bien precavido
con sus soldados.
Las ametralladoras
están dispuestas
como fauces de lobos
rodean la escuela.

Desde un balcón les habla
con dignidad.
Esto es lo que les dice
el General
“Que no sirve de nada
tanta comedia.
Que dejen de inventar
tanta miseria.
Que no entienden deberes,
son ignorantes,
que perturban el orden,
que son maleantes.
Que están contra el país,
que son traidores.
Que roban a la patria,
que son ladrones.
Que han violado mujeres,
que son indignos,
que han matado soldados,
son asesinos.
Que es mejor que se vayan
sin protestar.
Que aunque pidan y pidan
nada obtendrán.
Vayan saliendo entonces
de ese lugar,
que si no acatan órdenes
lo sentirán”.

Desde la escuela,
“El Rucio”
valiente obrero,
responde a la amenaza
mostrando el pecho.
“Usted, señor General
no nos entiende.
Seguiremos esperando,
así nos cueste.
Ya no somos animales,
ya no rebaños,
levantaremos la mano,
el puño en alto.
Daremos nuevas fuerzas
con nuestro ejemplo
y algún día el futuro
será del pueblo.
Y si quiere amenazar
aquí estoy yo.
Dispárele a este obrero
al corazón”.

El General que lo escucha
no ha vacilado.
Con un gesto altanero
le ha disparado,
y su disparo es orden
para matanza
y así empieza el infierno
con las descargas.

CANCIÓN LETANÍA

Murieron tres mil seiscientos
uno tras otro.
Tres mil seiscientos mataron
uno tras otro.

La Escuela Santa María
vio sangre obrera.
La sangre que conocía
sólo miseria.

Tres mil seiscientos
cayeron bajo las balas.
Tres mil seiscientos
vertieron su sangre amarga.

La Escuela Santa María
fue el exterminio
de vida sólo agonía,
sólo alarido.

Tres mil seiscientas miradas
que se apagaron.
Tres mil seiscientos obreros
asesinados.

Un niño juega en la Escuela
Santa María.
Si juega a buscar tesoros
¿qué encontraría?

CANCIÓN IV

A los hombres de la pampa
que quisieron protestar
los mataron como perros
porque había que matar.

No hay que ser pobre, amigo,
es peligroso.
No hay ni que hablar, amigo,
es peligroso.

Las mujeres de la Pampa
se pusieron a llorar
y también las matarían
porque había que matar.

No hay que ser pobre, amiga,
es peligroso.
No hay que llorar, amiga,
es peligroso.

Y a los niños de la Pampa
que miraban, nada más,
también a ellos los mataron
porque había que matar.

No hay que ser pobre, hijito,
es peligroso.
No hay que nacer, hijito,
es peligroso.

¿Dónde están los asesinos
que mataron por matar?
Lo juramos por la tierra,
los tendremos que encontrar.
Lo juramos por la vida,
lo tendremos que encontrar.
Lo juramos por la muerte,
los tendremos que encontrar.

Lo juramos compañeros,
ese día llegará.

CANCIÓN PREGÓN

Señoras y señores,
aquí termina
las historia de la escuela
Santa María.
Y ahora con respeto
les pediría
que escuchen la canción
de despedida.

CANCIÓN FINAL

Ustedes que ya escucharon
la historia que se contó
no sigan allí sentados
pensando que ya pasó.
No basta solo el recuerdo,
ya no basta con llorar.
No es tiempo de lamentarse,
cuando es tiempo de luchar.

Quizás mañana o pasado
o bien, en un tiempo más,
la historia que han escuchado
de nuevo sucederá.
Es Chile un país tan largo,
mil cosas pueden pasar
si es que no nos preparamos
resueltos para luchar.
Tenemos razones puras,
tenemos por qué pelear.
Tenemos las manos duras,
tenemos con qué ganar.

Unámonos como hermanos
que nadie nos vencerá.
Si quieren esclavizarnos
jamás lo podrán lograr.
La tierra será de todos
también será nuestro el mar.
Justicia habrá para todos
y habrá también libertad.
Luchemos por los derechos
que todos deben tener.
Luchemos por lo que es nuestro,
de nadie más ha de ser.

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